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Crónicas de Hades

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Crónicas de Hades

Mensaje por Rivaille Nara el Sáb Jul 20, 2013 7:35 am

Spoiler:
Bueno... esto lo hice para un concurso del foro hermano (?) y me dieron ganas de seguirlo, así que iré posteando acá los capítulos. Si se leen o no ni idea, pero de ser leídos, ojalá les guste :B

Contexto: Visión de la primera guerra santa por parte de Hades en primera persona.  

Prólogo: El nacimiento de un Dios.

Miles y miles de años han pasado desde que ocurrió dicho evento, y mucho se ha dicho sobre ello. Proezas heroicas han sido escritas al respecto, cuentos han escuchado los niños de los más viejos, esculturas han creado los artistas… en fin. Mucho se ha planteado, sin embargo, sólo tres personas pueden decir lo que en verdad pasó esa noche…

Cuando el mundo cambió para siempre…

Puedo recordar todavía con exactitud cómo era el ambiente. Las telas de las cortinas estaban más oscuras de lo habitual, aunque a pesar de ello, resplandecían como si de estrellas se tratase. Era curioso, un juego de luces excepcional, como si la materia que conformase la cortina tuviese vida propia, y hubiera estado en búsqueda de su punto exacto de equilibrio.

- Equilibrio… ¿Cómo pretendes buscar el equilibrio? Es un universo muy grande, son muchos los parajes en juego. ¿Qué harás al respecto, oh tú, el grande de grandes?.

La primera voz en plantear la problemática de los hechos, correspondía justamente a aquel que todo lo ve en el océano. Sí, el gran Dios de los mares, Poseidón. El que de todas formas, no era ni por asomo el tirano de los océanos en ese segundo. Hasta entonces, sólo era un Dios con un gran tridente y con un tono de voz estremecedor. Las baldosas del terreno en el que estábamos temblaban con sólo oírle hablar.

- Ya lo peor ha pasado, ¿Qué tan terrible podría ser? A estas alturas, no deberías desconfiar de mí. Os recuerdo a ambos, que si no fuera por mí, todavía continuaríais en el estómago de nuestro padre…

Zeus jamás fue un sujeto dispuesto a escuchar cuestionamientos, especialmente porque a él jamás se le planteó ninguna dificultad de lo que debía o no debía hacer, para qué había nacido o cuál podría haber sido su propósito en la vida. No, desde el minuto en que fue oculto por Rea, se sabía que sería el “salvador” de los dioses, y porque no decirlo, del mundo. No a cualquiera se le podía dar dicha responsabilidad, era cierto, pero dadas las circunstancias, ella no tenía mucho más que elegir. Cuestionable o no su decisión respecto de salvarlo a él, no tenía mayor caso. El hecho era que había podido liderar la rebelión y ya los titanes se estaban pudriendo en el tártaro. El mundo estaba libre de tiranos.

- Nos recordarás por toda la vida lo que ya sabemos, Zeus? Tu triunfo moral será eterno, eso ya lo sabes. Ni Poseidón, ni mucho menos yo, estamos acá para darte las gracias por ello. Vamos al punto, el tiempo no es precisamente nuestro aliado…

Respecto a mí, no sabría cómo definirme en ese minuto. Cualquiera que pudiera vernos en ese instante, notaria que existían diferencias entre mis hermanos y yo. Distinciones que, sin bien no podían ser importantes en ese segundo, de todas formas no podía dejar pasar. Sólo hasta el día de hoy, he comprendido porqué no las podía dejar pasar.

Zeus era la gloria pura. Alto, espléndido, fuerte y sudaba liderazgo. Desde el primer momento en que reunió a las fuerzas opositoras, se sabía que no existía en el Universo un mejor general para tamaño ejército, que no fuese él. Por supuesto, ninguno de nosotros fue capaz de plantar resistencia a sus designios, el coste habría sido quizás más alto que la misma muerte. Además, habría hecho cualquier cosa con tal de salir de él…

- No desconfío de ninguno de los dos. Lo que planteo, es absolutamente valido. Yo simplemente busco lo justo, y con ello, que nunca más sea necesario encerrar a otro en el tártaro.

Poseidón, a su modo, representaba casi lo mismo que Zeus. Personalmente, en su minuto llegué a pensar que era incluso más fuerte y astuto que él, su grandeza deslumbraba y sé muy bien que no era el único en darme cuenta. Las palabras son una cosa, pero las miradas son otras. De todos, siempre fue el único capaz de acaparar tantas miradas como el gran Rey. Algo que por supuesto, al Rey no le hacía ninguna gracia.

- Espero que no estés insinuando que…

- No estoy insinuando nada.

- Y mientras ustedes discuten el universo espera.

- Todavía no he escuchado tu punto de vista, sólo estás ahí parado mirando sin decir mucho. Es como si todo esto ni siquiera te importara…

En su justa medida, debo decir que él tenía razón. Y a su vez, no la tenía. Claramente mi entusiasmo no era tan exuberante como el de ellos, pero no por eso no estaba atento a lo que se fuese a decidir. Simplemente, mis dudas eran mayores que mis certezas. Por un lado consideraba el alivio de que por fin Cronos ya no estaría, pero… ¿Realmente, tan fácil íbamos a deshacernos del legado de aquel que acabó con Urano? Yo no podía ser tan optimista como ellos. Jamás he sido optimista, cabe decir.

- Lo que considere o no considere no es concluyente. El punto es que somos tres intentando dividirnos algo que debería ser para seis. No obstante, ellas han quedado fuera… ¿Es justo? No lo sé, pero sí sé que tal vez sería más fácil con uno solo.

- Lamentablemente no somos sólo uno, y comenzar otra guerra por el poder sería caer más bajo que el mismo tártaro, y por supuesto, totalmente inaceptable.

Tanto Poseidón como yo podíamos sentirlo. No estaba dispuesto a ceder tan fácilmente, pero tampoco podía mantenerse firme en su oculta postura. Con uno podría, pero contra dos, era impensado. Hasta en ese minuto, en cuanto a poder, éramos semejantes.

- Nadie hará una guerra, ya todos han sufrido mucho por la que recién acaba de terminar. Lo único que se hará ahora, es determinar nuestro trabajo de ahora en adelante…

¿Trabajo? Zeus… por la mirada de desconfianza que recibiste como respuesta nuestra, de seguro habrías concluido que a ninguno de los dos nos convencías con ello. Estabas en la cuerda floja, debías ser justo, pero que difícil es ser justo cuando tienes todo el Universo a tus pies, ¿Verdad?.

- Cada uno de nosotros gobernará una parte del Universo, y procuraremos mantener un balance eterno que permita el funcionamiento del mundo. Ya no habrá un solo Rey, sino que serán tres Reyes. Sus tierras, sus reglas. ¿De acuerdo?

No hacía falta contestar a esa pregunta. Alguien como tú jamás habría aceptado ceder terreno si no se viera realmente contra la espada y el tridente. Además, estábamos cansados. En nuestros rostros se podía ver el agotamiento de mucho tiempo donde los vientos de guerra habían inundado nuestros pulmones. Lo único claro, es que nadie quería una guerra en ese minuto. Supuestamente había terreno para todos.

- La división será…el mar, los cielos, y el mundo invisible. Lo echaremos al azar, y no se harán protestas una vez que se conozcan los resultados. La tierra será neutra, puesto que en ella habitarán los humanos que rendirán tributo igualitario a todos los dioses.

- Los tres dimos la aprobación, y entonces la suerte dictó su veredicto.

Poseidón ganó los mares y si bien en un comienzo se le vio con recelo, terminó sonriendo con elegancia y sin decir nada, golpeó el suelo con su tridente y abrió un portal hasta sus dominios. No parecía interesado en conocer los resultados de los otros, aunque de todas formas se quedó en la sala hasta la siguiente tirada.

- Creo que ya está todo dicho.

- Eso parece…

Zeus asintió.

- Cada uno irá a su reino, y procuraremos mantener la paz por sobre todo. Que la sabiduría y la prosperidad esté con vosotros, amados hermanos.

El gran rey de los Dioses se despidió y con la potencia de un relámpago, anunció su salida en medio del choque de las nubes. El cielo se estremeció con fuerza esa noche, y los truenos inundaron al mundo por todas partes, celebrando el ascenso de su nuevo gobernador. Sí, Zeus se había hecho con el infinito reino de los cielos, y con ello, se posicionaba en el lugar en el que tanto había deseado estar. ¿Suerte? A esas alturas, no tenía ningún sentido el protestar.

Y mientras el cielo alumbraba a su nuevo regidor, el mar alzaba sus olas para abrir las puertas a quien, por su parte, dominaría con la potencia de su tridente de ahora y por siempre en las tres cuartas partes del mundo. Poseidón, el gran Poseidón, bajaba hasta la profundidad de los océanos a imponer su palabra y mantener la calma de aquel lugar tan inestable como maravilloso.

Cara a cara; Zeus versus Poseidón. El mar reflejaba al cielo, y el cielo siempre podía ver al mar. Era una clara señal de que ambos se tenían vigilados en cada uno de sus movimientos, y la desconfianza era casi tan abundante como la incertidumbre.

Por mi parte, tan sólo me limité a ver en cuál de ellos dos la sangre de Cronos tiraba más fuerte. Entre la oscuridad de la noche, desaparecí hasta lo más profundo del mundo, para adentrarme en la tierra más cercana a la cárcel de los titanes. Desde allí mi misión sería la de juzgar a todo lo que ya no tuviese vida, dictar sentencia y simplemente, observar. En su momento no lo comprendí, pero el papel del vigilante silencioso era el que mejor podía venirme en ese minuto. Después de todo, por algo los cíclopes me habían dado, a diferencia de a mis hermanos, un casco para ser invisible. El destino me tenía preparado algo diferente que a ellos, que simplemente estaban destinados a ser “un gran Dios”.

Y hasta que lo descubriera, me iba a mantener al margen y alejado de todos y de todo. Muchos pensamientos azotaban mi cabeza en ese segundo, y estaba dispuesto a tomarme todos los años que hicieran falta para concluir cuál iba a ser mi papel en una disputa a la que, sin quererlo o no, había sido invitado. No por mis hermanos, ni por mis padres, ni siquiera por mi sangre. Mientras caminaba por el infierno, comprendía que había algo más para mí allá abajo, y que la muerte no era sólo el siguiente paso después de la vida.

Al menos en mi caso, la muerte representaba para mí, un nuevo comienzo…

 

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Re: Crónicas de Hades

Mensaje por Rivaille Nara el Sáb Jul 20, 2013 7:48 am

Capítulo uno: Inicio de un sueño.

Sentado en mi trono, contemplaba como el mundo se caía a cenizas. Por supuesto, para llegar a cenizas primero tendría que haber sido quemado, y justamente las constantes guerras estaban cumpliendo con eso. Quién iba a decir que los hijos de Zeus resultarían tan inquietos y diferentes, compitiendo entre sí mismos una y otra vez, en un eterno juego de poderes que parecía no tener fin. En un comienzo, realmente intenté mantenerme ajeno a dicha situación, pero las cosas estaban perdiendo su equilibrio, y para peor, hasta el mismo Poseidón se había rebajado a su nivel. O tal vez, sólo se había molestado en mostrar cuales eran sus verdaderas intenciones.

¿Zeus? Un espectador, o eso querían creer (…) del gran Rey de los dioses, no se sabía nada hasta ese minuto. Pero por supuesto, mi hermano no era para nada un estúpido. No iba a desligarse de todo así como así. No, siempre tendría preparada una forma de estar presente, así no fuese en forma propia. Y es ahí donde la ecuación se volvía un tanto más complicada de lo requerido…

- Athena…

Cada vez que lo decía, me sabía peor en la boca. No entendía el porqué, en un comienzo, pero tan sólo bastó que llegara cierto día en que nuestro querido hermano, Zeus, se tomase la libertad de poner una guardiana para el mundo y todo para mí comenzó a tener sentido. ¿Guardiana? ¿Pero contra qué? Hasta entonces, la tierra había estado en paz. Cada uno de nosotros se había mantenido en su terreno, respetando el acuerdo tomado hace miles y miles de años. Nada presagiaba que la paz fuese a terminar, más allá de una que otra escaramuza menor. Pero entonces fue cuando el título cayó sobre ella y, por arte de magia, las trompetas de guerra sonaron y con firmeza.

Yo creía que estaba molesto por dicha acción, pero por lo visto, Poseidón era todavía más impaciente que yo. Y lamentablemente, mucho más… atrevido, o quizás estúpido. Con cada acción que tomaba mi hermano, me preguntaba dónde había quedado el sabio que había estado a punto de oponerse a Zeus.

Movía y movía una copa de vino entre mi mano derecha, aunque no me había molestado en beber ningún sorbo de ella. Estaba demasiado ocupado pensando en los hechos recientes, intentado adivinar cuál podría ser el siguiente movimiento a ejecutar. No me había hecho mucha gracia tener que cortarle la cabeza a Poseidón, pero tampoco me podía permitir otra opción, no con su comportamiento. Por lo visto, su enamoramiento por Athena había llegado a un punto tan alto –o bajo, según cómo se mirase- que unido a su personalidad humana, podría haber llevado todo a un desastre monumental. Si hubiese permitido que continuase bajo esa senda, el mar habría acabado por someterse a aquello que muchos denominaban amor. Y con ello, sólo el destino sabría qué podría haber venido después.

- Señor Hades… ¿Está bien?

Cada vez que lo oía o incluso pensaba, todo mi ser se estremecía. Era la palabra de moda en los últimos años, predicada justamente por la nueva y más grande hija de todas las que Zeus, tan generoso, se había molestado en repartir por el mundo. Y vaya que sí le dio resultados, puesto que en poco tiempo se había hecho con un ejército de más de un centenar de soldados, en los que destacaban doce en particular.

- Pandora… ¿Por qué interrumpes mis pensamientos? Creo haber dicho que quería estar solo.

Por supuesto, la tendencia de poseer un ejército no sólo pegó en Athena, sino que en todos los dioses. Viéndome en esa situación, no tuve más remedio que elegir mis propios esbirros a los cuales sólo emplearía como herramientas. Ni por asomo tenía intenciones o mayores planes para con ellos. Sólo… estarían allí, existiendo, a la espera de cumplir con alguna tarea que les asignase. Dispuestos a luchar hasta que les llegase la hora de morir, puesto que para más no habían nacido. Así fue entonces como decidí dar nacimiento a las estrellas malignas, en otras palabras, a los espectros.

- Lo tengo en cuenta señor mío, pero es importante que escuche lo que he venido a decir.

Desde siempre había guardado las distancias con todos, y ellos no iban a ser la excepción. Pandora, una mujer que reunía las mejores características de todos los seres humanos, y siendo la primera de ellos de acuerdo a la mitología, sería la que cargaría con el peso de guiarles sobre sus hombros. Sería mi vocera, representante ante los soldados y ¿por que no decirlo? para con todo el mundo exterior. No me gustaba ser molestado ni importunado, muchas cosas más importantes requerían de mi presencia. Y si bien en un comienzo fue difícil encontrar una adecuada, con el pasar de los días tanto ella como los espectros habían comenzado a demostrar su utilidad.

- Habla…

Volviendo al tema de moda, el amor, no fue complicado para mí el comprender que bien podía sacar provecho de dicha situación. Ya con Atenea declarada como mi gran y eterna enemiga, con un Poseidón incompetente en todas sus líneas, y el resto de hijos de Zeus causando desordenes por todo el mundo, debía tomar una decisión: Intervenir, o no. Por supuesto, llegó un instante en el que simplemente no pude evitar más el problema, y con gusto decidí salir a encarar a mi rival. Fueron un par los encuentros que mantuve con ella, y me hicieron conocerla de mejor forma. Sin embargo, en primera instancia, no era a Athena a quien estaba buscando llegar. No, sino que a una de sus hermanas. Otra de las hijas de Zeus, precisamente con Deméter, la desdichada diosa de la agricultura que había concebido a Persephone.

- Es sobre esos asuntos…

Quién diría que hasta un ser como yo podría sacar beneficios del amor. Y es que, estaba más que consciente que no lo sentía. Si algo tenía en mi interior, era repudio, repudio en general por toda la situación. Repudiaba a Zeus, a Poseidón, y a todos los que les seguían en la cadena alimenticia de Dioses estúpidos. Pero existiendo Athena como una prodigiosa guerrera destacada, tenía que tomar cartas en el asunto en el caso de que el choque de armas se hiciera inminente. Con el reino marino derrotado, y los estúpidos de Ares y Apolo dando vueltas, era tan sólo cuestión de tiempo para comenzar a recordar la titanomaquia. ¿Y Zeus? Despreciable cobarde, no se atrevía a dar la cara.

Abrí mis ojos con fuerza y sonreí. Por fin buenas noticias llegaban a mis oídos. Era momento de que mis planes comenzaran a tomar forma, y no cualquier forma, sino la que yo quería para con ellos. Y por lo mismo, previniendo que tarde o temprano tendría éxito, es que la presencia de dicha mujer divina bajo mis servicios se volvía un objetivo indispensable.

- Vamos entonces, que no se haga esperar a nadie.

Utilizando un par de trucos y a sus propios soldados, fue como conseguí apartar del lado de Athena a su hermana, y con el paso de los días, volverla mi supuesta esposa. Digo supuesta, porque jamás estuve interesado en ella. ¿De verdad podría yo sentir cariño por alguien? La respuesta más clara, era y es un no, y rotundo en toda su expresión. Jamás la quise, jamás la pude ver como algo más que una herramienta, y por supuesto, mi repudio para con ella era más y más grande a medida que la conocía.

Caminé junto a Pandora por los pasillos del castillo sin siquiera voltear a mirarla. Conocía tan bien esos parajes que podía darme el lujo de avanzar con los ojos cerrados. Me entretenía pensando en que poco a poco se acercaban a estar completos mis planes, y con ello, era tan sólo cuestión de tiempo el poder completar mi más anhelado sueño.

Durante todos los años en los que estuve en el anonimato del Infierno, me dediqué a varias cosas, principalmente a cumplir con mi trabajo. Creo y con justa razón que puedo decir que fui el único de los tres que jamás abandonó su puesto, y nunca un muerto salió de las prisiones sin ser castigado. Es cierto, cree los Eliseos y allí puse a los pocos afortunados que merecían un paraíso. Pero la población de dicha estancia era tan escasa, que fue inevitable el preguntarme en un determinado momento por qué los humanos eran tan pecadores. Por supuesto, mis conclusiones fueron construyendo un mapa, en el que tras concretar algunos huecos, logré llegar a la respuesta de que la culpa era de los mismos dioses. Entonces ¿Debía buscar culpables? La respuesta era más que obvia…

- Sí… ya casi estoy cerca, puedo sentirlo, Pandora.

- Su goce es la alegría de mi corazón, mi señor.

Giré para verla un instante, moví la cabeza en forma de desaprobación y continué con mis pasos. Era lamentable que ni siquiera ella pudiera comprender la magnitud de lo que estaba a punto de suceder. Aunque era humana, no podía culparla por su limitado espectro de visión. Al final, tan sólo existía para servirme, y por lo visto cumplía con dicha regla a plenitud. Existía para eso y nada más.

Seguimos caminando y en mi mente las ideas continuaban aterrizando. Con cada paso que avanzaba, la ocasión se acercaba. Ya que mi hermano no se molestaba en enseñarles disciplina a sus críos, tendría yo que tomar el derecho a educarlos, por supuesto, a mi manera. Demás estaba decir que, si la muerte era tan temida entre los humanos, mucho de ello tenía su razón gracias a mis métodos. Nunca me caractericé por ser un sujeto misericordioso, con ninguno de todos los muertos que llegaban hasta mi recinto. Nadie recibía tratos especiales ni beneficios, y aquella era mi lógica para todo lo que hiciese. Desde tratar con los condenados, sirvientes, espectros, Pandora… y en este caso, con mi propia “familia”.

Honestamente, detestaba y detesto a mi familia. A todos y a cada uno de ellos, sin excepción.

Posé mi mano sobre una gran puerta negra que daba a una cámara a la que sólo yo tenía acceso en el castillo. Precisamente, era un portal que daba con la Judesca, mi templo personal en el fondo de las prisiones. Siempre era importante estar vigilando cada uno de mis territorios, sobretodo porque simplemente, yo no era capaz de confiar en nadie.

Avancé lentamente y esperé a que Pandora hiciera lo mismo. Una vez dentro, cerré la puerta y ambos mundos volvían a estar separados. Di media vuelta y continué con mi camino, dispuesto a llegar hasta el fondo de toda la gran edificación en las profundidades de la tierra. Allí estaba el centro de todo lo que yo quería en ese minuto.

- ¿Hace cuánto lo encontraron?

- No más de diez minutos, señor. Apenas se llegó a él, no quisimos hacerlo esperar. Bien sabía yo el interés que guardaba usted por dicho descubrimiento.

- Bien.

Cuando estás tanto tiempo en un lugar, solo y sin nadie, te acostumbras a escuchar la voz del silencio. Y si prestas todavía más atención, puede que quizás logres oír la voz de los sin voz, en este caso, de aquellos que estaban ocultos bajo la nada misma. Todo comenzó como un pequeño griterío en mi oído izquierdo, en el que sólo podía diferenciar mi nombre. Pero con el paso de los meses, y de los años, más la práctica propia, fue que logré dar con no una, sino que cientos de voces que hablaban al mismo tiempo a toda hora. Debo decir que en un inicio fue un tanto curioso, y me negaba a creer lo que llegaba a mis oídos. Eran muchas palabras, como si una tormenta caótica e invisible te azotara de pronto y no supieras en que dirección correr para salvaguardarte. En este caso, era imposible hacerlos callar. Lo intenté varias veces, probé diferentes métodos y hasta me movilicé a los Eliseos un tiempo, pero a donde quiera que fuera, dichas voces misteriosas me seguían. No tuve otra opción más que aceptarlas, intentar comprenderlas y con el tiempo, todo ese esfuerzo se vio recompensado con su conocimiento. Quién iba a pensar la clase de cosas que tenían para contarme…

Continuamos caminando por los pasillos más oscuros de la Giudecca, entrando ya a zonas que estaban prohibidas para todos los espectros. De por si era exclusivo el acceso al salón del trono, por lo que no a cualquiera se le podía conceder el honor de caminar por partes privadas. Sólo los justos y necesarios soldados tenían cierto conocimiento de dichos pasajes ocultos, aunque por precaución, se les borraba la memoria al terminar sus tareas allí asignadas, por lo que terminaba tratándose de un saber efímero y circunstancial. Siempre estaba latente la posibilidad de traiciones o improvistos de esa calaña, por lo que tomar resguardos con casos tan importantes y significativos, nunca estaba de más. Sobretodo considerando que gran parte de mis anhelos, y por lo que luchaba en ese minuto, estaba precisamente ahí.

- Aquí estamos, mi señor. – Dijo Pandora, deteniendo su andar y con ello, provocando que yo mismo parara de caminar. La miré y pude notar como en sus ojos algo cambiaba, pasando de la supuesta alegría que profesaba a un rostro un tanto más melancólico.

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Re: Crónicas de Hades

Mensaje por Rivaille Nara el Sáb Jul 20, 2013 8:02 am

Capitulo Dos: Aliadas del averno.


- ¿Segura que vas a bajar? La última vez no fue agradable para ti…

Recordaba muy bien todo lo que había ocurrido en el último descenso hasta esos parajes, con todo y lujo de detalles. Por lo visto, la misma Pandora también lo recordaba, y todavía no podía ocultar la gran gama de sensaciones que le provocaba el simple hecho de rememorar todo lo visto en ese entonces.

Con el tiempo, pude comenzar a comunicarme con las voces. Entonces comprendí que pertenecían a distintos tipos de seres, llegando incluso hasta los titanes que vivían justo debajo de mis dominios, en el famoso Tártaro, la prisión favorita de Zeus. Un lugar oscuro, aterrador, para nada agradable y que, supuestamente, se ubicaba a tantos metros del Inframundo como el cielo de la capa externa de la Tierra. Irónico que a pesar de tamaña distancia, tuvieran el poder suficiente como para hablarme desde ahí. Una muestra más de lo terribles que podían llegar a ser nuestros antepasados, y porque bajo ningún aspecto, debía permitírseles escapar. O mejor dicho, no debía permitirles yo escapar de ahí. A esas alturas dudaba seriamente de que Poseidón o Zeus recordasen siquiera a los seres atrapados en el abismo más profundo, puesto que si no se comportaban como debían o prestaban atención a lo sucedido en el mundo, respectivamente, menos iban a hacerlo si el problema era aún mayor.

No obstante, no eran ellos – los titanes- a los que les había prestado atención. ¿Cómo iba a hacerlo, si yo mismo los había encerrado? Tendría que haber sido un estúpido como para confiar en el ejército de Cronos, al que por cierto, jamás escuché por ninguna parte. Seguramente estaba atado con cadenas de magma a la parte más lejana y oscura que existiese en el Universo, maldiciendo el nombre de cada uno de sus hijos, de su esposa, pero sobretodo de Zeus. La última vez que esos dos se habían mirado, pude comprender con mayor certeza que nunca lo que en verdad significaba la palabra odio.
Y a su vez, en los ojos de ambos, note con mayor claridad lo que era sentir miedo. Ambos se temían, Cronos por saber que estaba a su disposición, y Zeus por pensar en qué le sucedería si algún día nuestro padre se liberase.

Miraba a Pandora, tan dubitativa y débil, mostrando su lado más humano. Sus labios estaban cerrados, hacían el gesto de querer abrirse y pronunciar algo, pero no era capaz de articular ninguna palabra. El miedo la estaba dominando por completo, y ello era producto de estarse dejando llevar por sus sensaciones más mortales. A pesar de que en una o dos ocasiones le había mencionado que dichas costumbres la llevarían al fracaso, existían situaciones en las que me recordaba que, por muy cercana que fuese –en teoría- a mí, seguía siendo la misma muchacha de apariencia femenina que atraía a los hombres y deseaba, en lo más profundo de su ser, simplemente jugar con su hermano en los grandes campos de pasto verde, y cuidarlo hasta que la muerte los separase.

Siempre me encantó esa frase… “Hasta que la muerte los separe” y sus derivados. Era curioso representar y ser lo único que podía llegar a romper con cualquier supuesto lazo afectivo de los seres humanos. Y dado que ellos no gozaban de mi simpatía, pues con mayor razón me permitía y con gracia el acabar con cuánto nexo me encontrase en mi camino. Lamentablemente para Pandora, ni siquiera ella se había salvado de ello.

- No puedo… no puedo permitir que vaya solo a visitarlas. – Contestó por fin, bajando la vista un par de segundos para después volver a subirla. Me miraba directamente al rostro, cuestión que detestaba hicieran, pero dado que su fidelidad me llamaba poderosamente la atención, decidía pasar por alto ese tipo de faltas.

- No deberías temer, no cuando estoy tan cerca de obtener lo que quiero. Además… ¿Piensas que me dejaría morir después de llegar tan lejos? No peques de inocente, Pandora, soy el único Dios que no ha olvidado quién es…

- Lo siento…

Cerré mis ojos y aparte mi rostro, no tenía caso seguirla regañando. El tiempo apremiaba y no perdería mi entusiasmo por ella. Pero que me cuidase de esa forma tan fraternal, como si fuese un niño débil y desamparado, me hacía considerar la razón de permitirle estar tan próxima a mi persona. En ocasiones me planteaba asignarle una armadura y enviarla a luchar al campo de batalla, aunque luego me tranquilizaba e ignoraba lo ocurrido.

Pasé el marco de una puerta y llegué a una estancia muy parecida a la que existía en el castillo, que era una escalera en forma de caracol que conectaba la superficie con la entrada de las prisiones, con una gran llama verde del infierno haciendo su aparición entre los andantes de vez en cuando. La diferencia con ella era que en este caso, conectaba al Inframundo superior con una zona un tanto más peligrosa, y no tan amigable para los mortales. ¿El motivo? Al bajar, se estaba adentrando en terrenos muchísimo más oscuros y desolados, donde ni los Dioses solían llegar con facilidad. Podría decirse que era una parte subterránea del Inframundo, donde habían ido a parar vestigios de eras más antiguas al mismo padre del tiempo, Chronos. De más estaba aclarar que a ese lugar jamás podría llegar un humano por su cuenta, puesto que en la bajada, se atravesaban diversas dimensiones que protegían esos parajes del Infierno. Pandora podía descender sólo porque tenía mi bendición, o de lo contrario decir que se habría vuelto polvo sería decir poco.

Tras un rato de andar por las escaleras en silencio, por fin pude tocar aquellas tierras tan hostiles y lejanas. El simple olor del aire era distinto, siendo mucho más intenso y aunque no poseía hedor a muerte, bien podía provocar estragos en cualquier ser que lo oliese. Seguramente se debía a la enorme carga negativa que acumulaba cada átomo que conformaba el aire de ese sitio. Por suerte, era un tipo perceptivo cuando se trataba de energías malignas, y en esa zona abundaban los cosmos oscuros por todas partes. Tenía que estar más alerta que nunca, puesto que jamás se podría saber cuántos ojos estaban mirándonos avanzar por ahí.

- Ya estamos cerca… espero que todo esté preparado.

- Lo está mi señor…

La voz de Pandora sonaba claramente afectada por el trayecto. A pesar de que antes me había acompañado a ese mismo lugar, parecía ser que nunca se acostumbraría a toda la vorágine de sensaciones que se podían sentir en el interior por el mero hecho de estar ahí. Y esta vez, no la culpaba, puesto que ni yo podía mantenerme indiferente a la potencia con que el ambiente nos azotaba. Lo que me salvaba era el hecho de no poseer miedo a nada, ni que nada más que mi persona me importase, además de tener bien claro mi posición en el Universo. Las malas energías se alimentaban de las debilidades e inseguridades que pudiese poseer una persona, así como también de su duda sobre sí mismos. En otras palabras, buscaban cualquier hueco de confusión en el cual fuesen capaces de colarse y una vez hecho eso, comenzar a causar estragos en la mente y espíritu de su desdichada víctima. Una como Pandora, por ejemplo. Una mujer sin pasado concreto, que sólo me servía por un incontrolable deseo de sumisión, pero que no sabía mucho más de ella o de otro tipo de sentimientos. Era carne fresca para ese tipo de alimañas, y podía notarlo por el simple hecho de sentir como en su dirección se acumulaba más cosmoenergía que en la mía. Tal parecía ser que yo no era un plato ideal para lo que sea que fueran esas vibraciones tenebrosas.

Nos detuvimos, justo a la entrada de una enorme caverna. Miré a Pandora por un segundo, ella con dificultad sonrío y asintió; mi rostro no sufrió cambios, y simplemente continué con el andar que ahora nos comandaba por el interior de la cueva. Adentro el ambiente sí que era oscuro, se podían sentir además como existían seres que volaban por nuestras cabezas. ¿Murciélagos? ¿Cuervos? La mitología daba para mucho, y allí abajo lo mejor era no pensar demasiado. Por mi parte me encontraba serio y concentrado en llegar pronto, aunque no descuidaba el vigilar cualquier tipo de improvisto que pudiese tener mi Heraldo. Cada paso que dábamos, era adentrarnos más y más en el camino más oscuro de la muerte. Yo lo sabía, lo tenía más que claro y aceptaba las consecuencias. No le tenía miedo a la muerte, puesto que yo era el guardián de ella. Yo iba a dominar a la muerte, costase lo que costase, y al precio que tuviera que pagar.

Como si la vida hubiese leído mis pensamientos, al acto una gran sombra apareció frente a nosotros. Una enorme sombra de varios metros, con cuernos, ojos rojos, forma indefinida y un cosmos sencillamente terrible. No podía ser nada bueno para los dos…

- Pandora… retrocede, el cosmos de esta cosa es gigante.

No recibí respuesta, por lo que supuse que acatando la orden, se había alejado a un lugar más seguro. De todas formas estaba armada, y bien conocía la forma de huir de ese sitio.

- ¿Quién eres tú? Preséntate ante mí, ahora mismo. Lo ordena el Dios del Inframundo, Hades.

Tendría que haber sido un ingenuo para esperar una respuesta. Era difícil vislumbrar qué clase de criatura era, pero lo seguro es que no tenía intenciones de charlar conmigo en ese minuto.

A pesar que nos separaban varios metros de distancia, su primer movimiento fue rápido. Estiró de manera increíble su brazo y me lanzó un garrotazo a la altura de mi cabeza, lo que me obligo a agacharme y salir corriendo de inmediato en su busca. No tenía tiempo que desperdiciar en una pelea con una estúpida de las tantas criaturas de esos parajes. Continuó lanzándome garrotazos, haciendo crecer más brazos negros en su cuerpo a medida que los iba esquivando o saltando. Estando ya a pocos metros, posé mi mano derecha en la funda de mi espada y sin perder tiempo, la desenvaine, di un salto en el aire y corté por la mitad una de sus tantas garras oscuras. Al instante, me aproxime a caer con mucha fuerza justo en el rostro de dicha criatura, insertando mis dos pies en donde deberían estar sus ojos. Acto seguido, hice girar mi espada y se la clave de lleno en el centro de la frente, hasta que el mango tocó su “piel”. Luego di una vuelta hacia atrás en el aire, cayendo con ambos talones en el piso y guardando la espada en su funda.

- Eso fue sencillo…

No obstante, lo que sea que hubiese sido esa cosa, estaba lejos de darse por vencido. A pesar de que por su rostro comenzó a salir un líquido espeso y oscuro – prueba de ello es que en mi espada habían quedado restos – y se había tambaleado al recibir la puñalada, todavía pretendía querer seguir peleando. Abrió sus fauces, se inclinó y soltó un rugido tremendo, el que me obligó a juntar mis brazos por sobre mi rostro para evitar recibir en la cara todo el impacto del fuerte viento. La cueva se estremeció con ello, mientras que las piedras volaban hacia atrás y mi cuerpo lentamente iba retorciendo por la fuerza de su grito, por lo que opté por alejarme de esa cosa yo mismo.

Entonces ocurrió lo inesperado. Un fuerte golpe en mi espalda provocó que perdiese el equilibrio, y al instante, otro me elevó por los aires y dos más me estremecieron en el camino. Como pude me aferré con fuerza al techo cavernoso y posé mis pies sobre la corteza de la cueva. Los malditos brazos de la bestia estaban revoloteando por el aire, y ya se aproximaban de nuevo para darme otro ataque.

- Siempre tiene que ser tan complicado verlas…

Me solté y dejé caer en el aire. Abrí más mis ojos y concentré mi cosmos en mi vista, para poder ver con claridad cada uno de los ataques que se venían. Era más de una docena de brazos, todos rodeándome por distintos frentes mientras descendía, a escasos segundos de golpearme por todos lados. Entonces comencé a girar, sacando mi espada de su funda y propinando certeros cortes en varias direcciones. El brillo de la hoja a tan alta rapidez le daba un tono bastante decoroso, ocasionando que varios círculos y óvalos se dibujasen temporalmente por sobre el piso. Por otra parte, el sonido de la carne de la criatura cortándose en varios pedazos una y otra vez, no hacían más que decorar todavía más la grotesca escena.

Cuando caí de nuevo al suelo, me siguieron un montón de trozos de esos brazos que se golpearon con gran potencia en el suelo, levantando una buena cantidad de polvo. Ya sólo quedaba encargarme de esa molestia inesperada.

Todavía con el cosmos rojo en mis ojos, utilicé mi control de la telekinesia para poder soltar un gran pedazo de roca por sobre su cabeza. A pesar de que la bestia se movió y salió en mi búsqueda, logré acertarle con la enorme piedra justo a la altura de la nuca. Luego le lancé mi espada, inundada de poder, como si fuese una flecha. En cuestión de segundos atravesó justo por el medio a la criatura, lo que provocó que esta cayera de espaldas acompañada de un fuerte alarido de dolor, y por supuesto, un gran estruendo al tocar el suelo. Entonces desapareció en la nada, y comprendí que ya todo había terminado.

- ¡Señor Hades! – El gritó de Pandora resonó al instante en mis oídos, preocupada y alterada. - ¡¿Está usted bien?!

- Ya te he dicho que no me trates como a un niño, Pandora. Soy un Dios guerrero, estas cosas son típicas en el infierno… ingresemos de una vez y por todas.

- Pe… pero esa cosa lo gol…

- He dicho que nos vamos. Si lo deseas puedes devolverte, pero yo voy a continuar.

El tono de mi voz no era precisamente amable, y es que simplemente estaba loca si pensaba que me iba a preocupar por una simple herida en mi espalda en ese minuto. Ya podía sentir sus cosmos, sabía muy bien quién había soltado dicha bestia y podía concluir sus razones. Después de mirar con reproche a mi Heraldo, continué mi camino por la cueva sin volver a dirigirle la palabra. Ella, por su parte, me siguió cabizbaja.

La cueva cada vez se hacía más y más grande, y en determinado momento, se podía oír el fino toque de un instrumento de cuerdas. Pero no una sonata común y corriente, sino una aterradora y que podría haberle destrozado los oídos a cualquiera. Era una melodía digna de causar la muerte y sufrimiento después de esta, por lo que no podía ser tocada por un simple mortal. Ya habíamos llegado por fin.

- Has tardado bastante… muchacho.

- Te habíamos estado esperando desde hace minutos…

- Sabes que no nos gusta perder el tiempo.

Pude escuchar sus voces retumbando apenas mis pies ingresaron a una parte especial de la cueva. Era enorme, daba la impresión de ser una esfera y estaba rodeada de antorchas por todas partes. El fuego se movía de un lado a otro, alumbrando sólo lo que debía alumbrar. Pude notar cómo Pandora se acercó más a mí, aunque no le di mayor importancia. Simplemente seguí caminando hasta que las pude ver con mis propios ojos.

- No era mi intención hacerlas esperar, pero he tenido que sortear un pequeño inconveniente durante el trayecto a este sitio…

Mi voz sonaba fuerte, pero con respeto. Sabía que tenía que tratarlas con cuidado, puesto que de ellas se podía esperar absolutamente cualquier cosa.

- Ji ji ji ji… pusimos un pequeño guardián… para evitar intrusos, ji ji ji ji …

- Muy divertido, pero querrás decir que tú pusiste un guardián, vieja hermana…

- ¿Podrían preocuparse de lo importante? No hemos venido a socializar.

Cada una poseía una personalidad única, y a pesar de ello, no se separaban ni por un instante. Era bastante complicado el tener que tratar con ellas. ¿Tenía alguna otra opción? No, por lo que sólo me quedaba ser astuto y condescendiente, aunque en su justa manera.

- No hace falta que discutan, puesto que ya podemos comenzar. Oh, mis queridas damas regentes del destino… la risueña Cloto, la sabia Láquesis, la fuerte Átropos…

O cómo se les conocía entre los Dioses más sabios y todo aquel que investigase un poco, las brujas dueñas del destino: Las Moiras.

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Re: Crónicas de Hades

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